Llamé para pedir un pecado,

grité que me debes una manzana,

que los ojos quieren las monedas de dos caras,

descarado ajuste de otoño.

Entre la espera y el frigorífico un abismo de cera

las sienes de tu locura,

amargo don en la penumbra de una espada,

altura y estrechez en la fruta.

Olvido en el bolsillo de tu rebeca,

manchada del pecado que me asusta,

llamé con la boca cerrada

hasta el mediodía portátil,

me colgaste el teléfono de la esperanza

ese que busca alguna víctima.

Llamé porque la tarima de madera se rajaba

abriéndose de luz corta y cicatriz,

allí pensé en armas de tiro al lavavajillas

allí descansé mientras te esperaba.

Pedí un pecado que me debías

y juré no pagarte las mentiras.

©de la imagen y el poema: Montserrat  López Rueda.